La política dejó de ser ese espacio sagrado donde se tejían sueños colectivos para convertirse en un espectáculo grotesco. Un día sos presidente, un funcionario intachable, y al otro, hasta el influencer más insípido tiene una carpeta tuya rebosante de escándalos. La pregunta que arde en el aire es inevitable: ¿dónde está el Gran Hermano que maneja los hilos? Porque alguien los maneja, y no es el público ni los votantes.
Antes, creíamos que ese poder absoluto anidaba en la Casa Blanca, en esos corredores donde alguna vez resonaron voces con ideas y proyectos. Pero desde Kennedy, esa mística desapareció. Los estadistas fueron reemplazados por actores de un guion decadente. Y desde Trump, el circo se mudó a un escenario global, donde la política es un show de luces y sombras, mientras los verdaderos titiriteros se esconden en oficinas blindadas.
¿Será el Pentágono? ¿O alguna torre de cristal donde los bancos de inversión dictan las reglas del juego? Seguro que no es Elon ni ninguno de esos payasos montados para distraernos. Ellos solo cumplen el papel de bufones en la arena, entreteniendo a la tribuna mientras la maquinaria real funciona detrás del telón.
No queda otra que sacarse el sombrero ante ese poder hegemónico, que alcanzó un nivel tan absoluto que justifica su propia existencia, porque ser hegemónico es en sí mismo un acto de dominación total. La política es el reality show donde los payasos son usados y descartados a voluntad, mientras la tribuna aplaude, se indigna, olvida y vuelve a aplaudir.
Pero tal vez, esa tribuna se merece el espectáculo que le dan.
Mario Caccia