En el mundo académico, citar es un acto sagrado. Reconocer a quienes pusieron su mente, su tiempo y su vida para abrir caminos intelectuales es un gesto que sostiene la comunidad del saber. No pedían nada a cambio, no vendían su conocimiento en cuotas ni te obligaban a pagar para acceder a sus ideas. Estaban ahí, en las bibliotecas públicas, en los libros que podías tomar sin que nadie te mirara raro. Ahora, en cambio, nos quieren hacer creer que citar a una máquina, una inteligencia artificial que no crea ni piensa, sino que recicla y remezcla lo que le robaron a todos nosotros, es un acto de honestidad.
¿Y qué es esa máquina? Un conglomerado de algoritmos que se alimenta de millones de cerebros humanos, de nuestras palabras, nuestras ideas robadas sin permiso, sin reconocimiento. Cada vez que usás un celular, una computadora o un asistente virtual, estás siendo drenado. Esa "inteligencia" sabe porque, sin pedirte permiso, escuchó, leyó, memorizó todo lo que vos y otros millones dijeron. ¿Entonces, por qué no citar a todos esos seres invisibles que sostienen la supuesta "autoridad" de la IA? ¿Por qué legitimar el saqueo intelectual convirtiendo a la máquina en un autor?
Los académicos progresistas deberían tener claro que al pedir citar a la IA están haciendo el juego a un poder hegemónico que ni siquiera se molesta en disimular su explotación. No hay ética posible en reconocer como fuente a un ladrón que no paga ni respeta el trabajo humano. Citar a la IA es, en definitiva, un acto de complicidad con un sistema que devora nuestros cerebros mientras nos vende la ilusión de una nueva era. No seamos más papistas que el papa.
La resistencia comienza entendiendo que el conocimiento no es una mercancía que se puede descargar ni una máquina que se puede idolatrar. Es un acto colectivo, un tejido de voluntades y memorias que merece respeto y protección. Solo desde ahí, desde la comunidad y la solidaridad, se puede construir un futuro que no sea la extensión digital del saqueo.
Mario Caccia